5 de marzo de 2016

Andreu Meixide

La gente no mengua, este caso no existe. No mengua, este caso no existe. No existe. No.

Andreu Meixide

La gente no mengua, este caso no existe. No mengua, este caso no existe. No existe. No.

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The Incridible Shrinking Man (1957)

Pues sí, este caso sí existe. Quien haya podido ver esta obra maestra del cine de ciencia ficción de bajo presupuesto The Incridible Shrinking Man (El Increíble Hombre Menguante) conocerá la historia de Scott Carey y los problemas que debe enfrentar por el hecho de que su cuerpo se vaya encogiendo debido a una contaminación accidental radioactiva. Se transforma paulatinamente en un ser pequeño, diminuto, insignificante. La película es una obra de los años 50, de aquella época dorada del cine de ciencia ficción que posteriormente tantas relecturas han propiciado como cine-metáfora. Un cine que desde el corazón del entretenimiento norteamericano ayudaba a construir la idea de un cierto enemigo común (normalmente los comunistas) mediante las invasiones extraterrestres, zombies y vampiros. Pero en este film nos encontramos un planteamiento marcadamente diferente: en este caso el enemigo no viene de fuera, sino de dentro. El proceso de regresión física lleva al protagonista a situaciones cotidianas tan hostiles como surrealistas, enfrentarse a su gato como si fuera un monstruo gigante, matar una araña del tamaño de un elefante o, surfear una fuga de agua de un calentador. Seguramente no sabremos nunca el nivel de intencionalidad crítica que querían plantear el director Jack Arnold o el autor del texto original Richard Matheson, pero sí podemos, a día de hoy, buscar segundas lecturas en el filme como herramienta de crítica al sistema socio-político.

Imaginemos que los activistas Arnold y Matheson plantearon que el protagonista fuera precisamente un hombre blanco, de edad media y publicista, para cuestionar el pilar básico de una sociedad homocentrista y patriarcal, desnaturalizando su relación de confort y dominio con el hogar para enfrentarse a un espacio doméstico hostil. Un hombre que ve cuestionada su masculinidad tradicional.

Quizás la decisión argumental acerca de un protagonista que se hace cada vez más pequeño y se tenga que enfrentar a todos estos peligros solo, no es sino una manera de decirnos que el sistema en que vivimos tiende deliberadamente al aislamiento de los individuos. Un aislamiento que alimenta uno de los grandes males de la vida moderna: el sentimiento de vacío y soledad. Aislamiento que combinado con dosis de miedo provocan la sumisión y la tolerancia a la precarización vital, planteando como único horizonte la pura supervivencia.

O bien, podemos pensar que la primera reacción del protagonista, su mujer y el médico, negando las evidencias y buscando culpables en agentes externos como la lavandería, no es sino una metáfora del mecanismo de negación del problema al que el sistema capitalista nos tiene acostumbrados. «La gente no encoge señor Carey, este caso no éxito» le dice el doctor al protagonista, como podría haber dicho «aquí no hay crisis«, «la burbuja inmobiliaria no existe«, o «son unos hilitos de plastilina«. El sistema no puede plantear rupturas drásticas, o replanteamientos repentinos por miedo al cortocircuito.

Imaginemos por terminar, que el caso del increíble hombre menguante sí existe y que somos nosotros. Que el sistema capitalista desbocado en que vivimos quiere impregnarnos con su nube radioactiva neoliberal, y quiere propiciar que nos enfrentemos aisladamente contra un entorno cada vez más hostil y precarizado. El sistema nos quiere pequeños y aislados, con la única preocupación de sobrevivir entre arañas y gatos gigantes. Sólo desde una resistencia colectiva y valiente podremos reescribir el guión, y ver que si empequeñecemos, pero empequeñecemos todos juntos y por igual, tal vez entonces seamos capaces de ver que es el sistema es el que está fuera de escala.

ENG—

People do not shrink, this case does not exist. They do not shrink, this case does not exist. Does not exist. Does not.

Yes, this case does exist. Whoever has seen this low-budget science fiction masterpiece The Incredible Shrinking Man, will learn about the story of Scott Carey and the problems he must face due to the fact that his body is shrinking from an accidental radioactive contamination. He gradually transforms into a small, tiny, insignificant being. The film is a work of the 50’s, from that golden age of science fiction cinema that later re-readings have propitiated as cinema-metaphor. A cinema that from the heart of the American entertainment industry helped to construct the idea of ​​a certain common enemy (usually the communists) through the invasions of extraterrestrials, zombies and vampires. But, in this film, we find a markedly different approach: in this case the enemy does not come from outside, but from within. The process of physical regression takes the protagonist through what used to be normal everyday situations as being hostile and surreal, like facing his cat as if he were a giant monster, killing an elephant-sized spider or surfing a water leak from a heater. Surely, we will never know the level of critical intentionality that consumed director Jack Arnold or the author of the original text Richard Matheson, but we can, today, look for second readings in the film as a tool of criticism of the socio-political system.

Imagine that the activists, Arnold and Matheson argued that the protagonist was precisely a white man, middle-age and publicist, to question the basic pillar of a homocentric and patriarchal society, denaturalizing their relationship of comfort and dominance with the home to face a space domestic hostile. A man who sees his traditional masculinity questioned.

Perhaps, the argumentative decision about a protagonist who is getting smaller and has to face all these dangers alone is a way of telling us that the system in which we live deliberately tends to the isolation of individuals. An isolation that feeds one of the great evils of modern life: the feeling of emptiness and loneliness. Isolation that combines with doses of fear to provoke submission and tolerance to vital precarization, posing as the only horizon for survival.

Or, we can think that the first reaction of the protagonist, his wife and the doctor, denying the evidence and looking for guilt in external agents such as laundry, is, but a metaphor of the mechanism of denial of the problem that the capitalist system has accustomed us to. «People do not shrink Mr. Carey, this case does not succeed», says the doctor to the protagonist, as he could have said «there is no crisis here,» «the real estate bubble does not exist,» or «are plasticine threads.» The system cannot pose drastic breaks, or sudden rethinking for fear of short circuit.

Imagine, finally, that the case of the incredible shrinking man does exist and that it is us. That the runaway capitalist system in which we live wants to impregnate us with its neoliberal radioactive cloud, and wants to encourage us to confront ourselves in isolation against an increasingly hostile and precarious environment. The system wants us small and isolated, with only the concern of surviving between spiders and giant cats. Only from a collective and brave resistance can we rewrite the script, and see if we dwarf it, but if we dwarf it all together and equally, maybe then, we will be able to see that it is the system that is out of scale.