5 de diciembre de 2015

Marta van Tartwijk

Cuando la cultura es un extraterrestre azul

Marta van Tartwijk

Cuando la cultura es un extraterrestre azul

Filtrat per:

Planete Sauvage (1973)

En 1957, en pleno conflicto colonial de Camerún y Argelia, Stefan Wul publica en Francia la novela de ciencia ficción Oms en série. Dieciséis años después, entre huelgas salvajes, manifestaciones pro-abortistas, conflictos étnico raciales derivados de una herida colonial todavía abierta, y un panorama internacional igual de desolador, con el golpe de estado en Chile, y la guerra del Yom Kipur, se estrena la adaptación al cine de Planete Sauvage, de Réné Laloux. En el ya archiconocido enfrentamiento extraterrestres vs. humanos, que se apoya en el clásico nosotros contra ellos, se escenifica una opresión que, a pesar de su dualismo algo simplista, puede funcionar como alegoría de gran parte de las problemáticas sociales y políticas.

La mecanización y naturalización de la opresión se realiza a través de la apelación constante al sentido común, ligado íntimamente a todo aquello que se genera en torno a las relaciones sociales, y a la producción y reproducción de formas de conocimiento, es decir a aquello que podemos entender como cultura. Esta aparece en el punto de mira como una herramienta que esconde un sistema de exclusión en su seno, y perpetúa los órdenes establecidos ya hablemos de clase, raza o género. La transmisión e interiorización de esta epísteme, funciona de esta manera como los ruedines de la cultura, el vehículo privilegiado que, en nuestro caso, es cabalgado por los intereses del capitalismo mercantil.

La educación concebida en tanto que transmisión de verdad unidireccional a un receptor pensado como un contenedor vacío que debe asimilar conocimientos, en este sentido, funciona como una herramienta política de poder, estableciendo baremos que apoyan la opresión social y afirman concepciones sexistas y elitistas, como sería la idea del coeficiente intelectual, defendida desde la sociobiología acuñada por E. O. Willson. De esta manera, la alfabetización cultural ha podido ser usada como un arma contra los considerados como culturalmente analfabetos, desprestigiando sus experiencias e historias como carentes de valor. Este esquema educativo unidireccional e incontestable se corresponde con modelos aún vigentes heredados de San Benito, presentes en la escolástica universitaria, y en la idea civilizadora de la ilustración, que acabaría engendrando el pensamiento industrial capitalista según Max Weber. De este modo, el oprimido percibe sus aspiraciones en las relaciones desiguales de poder, siendo la cultura hegemónica capaz de manufacturar sus sueños y deseos, premiando simbólica o materialmente en el dominado los comportamientos que perpetúan el orden establecido por la cultura dominante.

El proceso de hackear el conocimiento hegemónico, el abrir el código, modificándolo, apropiándoselo y poniéndolo al servicio de la comunidad, promoviendo una acción colectiva y empoderadora, se torna necesario para generar lo que Habermas identifica como conocimiento emancipador. Frente a una escuela que aboga por un adoctrinamiento, una formación desespecializada y universalista para la adaptabilidad a un mercado laboral fluctuante y un esquema de productividad flexible, se han enfrentado otros modelos desde la pedagogía crítica (Paulo Freire, Henry Giroux), o la cultura hacker (Corita Kent), que si bien no son la panacea, sí promueven una descentralización de la figura productora del saber, así como un libre acceso a la información que rompe con los privilegios establecidos de la cultura hegemónica.

Finalmente, el acto prometeico conduce a los Oms a su emancipación e independencia. No obstante, a lo largo del metraje no se produce una gestión de las relaciones de frontera, se mantiene una dicotomía, esta vez incluso más profusa y palpable en su fisicidad. El director evita el conflicto de mostrar cómo funciona este orden segregado, si existe una autosuficiencia y que relaciones de poder y privilegio se establecen ahora entre ambas partes. Este es sin duda uno de los conflictos latentes en todos aquellos espacios denominados como liberados, que abogan por una autonomía e independencia del sistema y el orden social, cultural y económico actual, mientras que en otro frente se defiende un cambio institucional que permita y facilite la transición y expansión a esos otros modelos. En conclusión, Laloux solo nos deja asomarnos a una rendija para intuir un aroma desolador disfrazado de final feliz, un niño Dragg aprendiendo mientras acaricia una nueva mascota.

ENG—

When culture is a blue extraterrestrial

In 1957, in the midst of the colonial conflict in Cameroon and Algeria, Stefan Wul published in France the science-fiction novel Oms en série. Sixteen years later, between wildcat strikes, pro-abortion demonstrations, ethnic racial conflicts stemming from a still-open colonial wound, and an equally bleak international outlook, with the coup in Chile, and the Yom Kippur war, was the debut adaptation to the cinema of Planete Sauvage, of Réné Laloux. In the already well-known confrontation of extraterrestrials vs. humans, which is based on the classic we against them setting, an oppression is staged that, despite its rather simplistic dualism, can act as allegory of much of the social and political problems.

The mechanization and naturalization of oppression is done through constant appeal to common sense, intimately linked to everything that is generated around social relations and to the production and reproduction of forms of knowledge, that is to say, what we can understand as culture. It appears in perspective to be a tool that hides a system of exclusion in its bosom, and perpetuates the established orders whether we speak of class, race or gender. The transmission and internalization of this episteme, works in this way as the wheels of culture, the privileged vehicle that, in our case, is ridden by the interests of mercantile capitalism.

Education, conceived as a unidirectional truth transmission to a receiver thought to be an empty container that must assimilate knowledge, in this sense, functions as a political tool of power, establishing scales that support social oppression and affirms sexist and elitist conceptions, as would be the idea of ​​the IQ, defended from the sociobiology coined by EO Willson. In this way, cultural literacy has been used as a weapon against those considered as culturally illiterate, discrediting their experiences and stories as lacking in value. This unidirectional and incontestable educational scheme corresponds to models which are still in force inherited from San Benito, present in the university scholastic, and in the civilizing idea of ​​the illustration, that would end up generating the industrial capitalist thought according to Max Weber. In this way, the oppressed perceives their aspirations in unequal relations of power, being hegemonic culture capable of manufacturing their dreams and desires, symbolically or materially rewarding in dominating the behaviors that perpetuate the order established by the dominant culture.

The process of hacking hegemonic knowledge, opening the code, modifying it, appropriating it and putting it at the service of the community, promoting a collective and empowering action, becomes necessary to generate what Habermas identifies as emancipatory knowledge. Faced with a school that advocates indoctrination, unspecialized and universalist training for adaptability to a fluctuating labor market and a flexible productivity scheme, other models have been faced with critical pedagogy (Paulo Freire, Henry Giroux), or culture hacker (Corita Kent), who, while not the panacea, does promote a decentralization of the figure that produces knowledge, as well as free access to information that breaks with the established privileges of hegemonic culture.

Finally, the Promethean act leads the Oms to their emancipation and independence. However, during the entire duration of the footage there is no management of border relations, a dichotomy is maintained, this time even more profuse and palpable in its physicality. The director avoids the conflict of showing how this segregated order works, if there is self-sufficiency, and that relations of power and privilege are now established between the two parties. This is undoubtedly one of the latent conflicts in all those spaces denominated as liberated, that advocate for autonomy and independence of the system and the current social, cultural and economic order, while another front defends an institutional change that allows and facilitates the transition and expansion to these other models. In conclusion, Laloux only allows us peer into a slit to intuit a bleak scent disguised as a happy ending, a Dragg boy learning while stroking a new pet.