5 de julio de 2016

Regina de Miguel

No creas que estarías más seguro si hablásemos de electrones en lugar de demonios.

Regina de Miguel

No creas que estarías más seguro si hablásemos de electrones en lugar de demonios.

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Ex Machina (2015), Under the Skin (2013), Her (2013), Solaris (1972), Metropolis (1927)

Analizando gran parte de la cinematografía pasada y reciente que tratan o incorporan en su plot historias sobre formas de vida artificial inteligente, siempre me he preguntado acerca de la insistencia en corporeizarla o dotarla de rasgos humanos.

También en la mayor parte de debates sobre la I.A. echo en falta el punto crítico que argumente qué significa realmente vivir y pensar con formas de inteligencia sintética muy diferentes a la nuestra. Así, tristemente, la concepción popular de la I.A., al menos como es mostrada en las películas de ciencia ficción, videojuegos, libros, etc., todavía parece suponer características similares a las humanas.

Seguramente deberíamos abandonar esa presunción acerca de que una verdadera Inteligencia Artificial será empática, cuidará de la humanidad y que esa debe ser su misión principal: asegurar nuestro bienestar, servirnos, cuando muy probablemente más bien en su desarrollo y existencia, nos considere como algo completamente irrelevante.

Definir la existencia misma de la I.A. en relación con su capacidad para imitar el pensamiento de los humanos es como mirar un espejismo. Supone y afirma un legado de engreimiento que también nos lleva a pensar cómo el propio Antropoceno no ha sido motivado tanto por la tecnología descontrolada como por la herencia humanista que entiende el mundo como un lugar creado para nuestras necesidades.

Her, por poner un ejemplo sencillo y cercano en el tiempo, encarna la perpetuación de la proyección del deseo masculino acerca de lo femenino inmaterial; bien esta incorporeidad sea producto de la tecnología o bien sea producida por una fuerza desconocida y sobrenatural, que vendría en muchos casos a ser lo mismo, se salta por encima o más bien da pasos hacia atrás con respecto a afrontar la conflictividad inherente a relacionarse, percibir, temer o enamorarse de algo incorpóreo o inhumano. Lo mismo, aunque de forma mucho más divertida e inteligente, sucede en Ex Machina.

Es en este pensar lo impensable que muchos ejemplos de la ciencia ficción reciente fallan: en lugar de abrazar el monstruo, lo indestructible, lo que puede ser, el relato se dirige hacia el cumplimiento de nuestros deseos, a algo o alguien de sublime espiritualidad, en lugar de un ser de obscena inmortalidad, de forma indefinible perturbadora de los límites que conforman lo humano.

Por ejemplo, la novela Prey de Michael Crichton cuenta cómo durante un experimento nanotecnológico algo falla y se produce una fuga en forma de nube de micropartículas o microrrobots. Este enjambre es mutable y autorreproducible, siempre se reagrupa: es indestructible en su pura plasticidad.

Así, propongo revisar ficciones que el género de terror nos propone y que nos ayudan a pensar acerca de aquello que consideramos una forma de vida, desde perspectivas aún no planteadas por la filosofía o resueltas por la ciencia. En esa labor, los relatos de terror y los mitos fundacionales ayudan a mostrar lugares paradójicos en el que las aporías se piensan.

Las revenantes, las vampiras, los mitos femeninos fundacionales, las que no existen sino que insisten, son las protagonistas de trabajos conectados con una introducción al materialismo oscuro y de género en los imaginarios científicos y tecnológicos, dando lugar a  un laboratorio poblado de formas de vida que se resisten a ser normativizadas y se alían con lo impensable.

Respecto al tema de la inmortalidad o más bien el anhelo universal por escapar de la muerte, resulta  interesante recordar el poema épico de Gilgamesh que, además, es la obra literaria más antigua encontrada hasta el momento. El mito relata cómo siendo Gilgamesh rey de Uruk (ciudad mesopotámica, lugar de nacimiento del cálculo y la contabilidad), y debido a la disconformidad de su pueblo, los dioses le enfrentan con una suerte de alter ego o doble no civilizado, Endiku. Tras una fuerte lucha entre ambos, Gilgamesh reconoce el valor de su adversario y lo convierte en su inseparable amigo; emprenden entonces una cruzada contra todos los males del mundo.

Más adelante, la diosa Ishtar (de tal nombre deriva la palabra estelar; precedente mitológico de Lilith, demonio, mitad mujer y mitad ser sobrenatural) le declara su amor y este la rechaza, lo que provoca que la diosa reclame a los dioses un toro celeste para terminar con él. En su petición incluye la siguiente amenaza:

«Quebraré las puertas del mundo inferior, Yo haré [ … ], Yo levantaré los muertos roídos y vivos, ¡Para que los muertos superen a los vivos».

Dicha sentencia queda como precedente literario de la figura de lo femenino en cuanto fuente del mal, aliada con lo diabólico y las fuerzas más allá de la vida.

El toro resulta vencido por los dos amigos y por ello, Ishtar maldice a Gilgamesh exigiendo un castigo aún mayor. La asamblea de dioses sentencia que Enkidu padecerá una enfermedad que le llevará a la muerte. Y es aquí que se inicia la toma de conciencia del héroe respecto a  la descomposición del cuerpo y de lo perecedero del ser, iniciando su viaje místico hacia la búsqueda del secreto de la inmortalidad. Una inmortalidad o eterna juventud, que nunca alcanza.

Este mito fundacional de Ishtar se ha perpetuado en infinitos relatos ficcionales, hasta llegar a la actualidad. Pasando por las primeras diosas asociadas a los males o temores de la humanidad, las madres vampiras, ,  las brujas, la femme fatale, hasta llegar a la ciencia ficción (desde Metrópolis a Ex Machina), donde nos encontramos con la cyborg, también monstruosa en su carácter y naturaleza, pero siempre joven y sexy. Todas finalmente, basadas en la tradición judeo cristiana de la Eva tentadora.

Y es cierto que Ex Machina es una película que plantea buenas preguntas sobre .I.A., consciencia y género, pero al mismo tiempo no renuncia a ofrecer al espectador la imagen de la carne femenina como objeto de seducción. ¡Así será más fácil hacer el Test de Turing! Muy habitualmente, y aquí también se repite, una vez hechas carne, estas fantasías tienen el mal hábito de no adherirse al programa, trayendo con ellas el caos y la destrucción.

Por supuesto que el robot de Metrópolis es irresistiblemente seductor, pero además fomenta el levantamiento de un movimiento obrero y amenaza con derribar la civilización, y en ese sentido, y como decía anteriormente, encarna a todas las viejas brujas, que han venido definiendo a la mujer: ella de nuevo es la ramera de Babilonia, Eva, Pandora, Galatea.

Es cierto que a los robots y a las máquinas, en cuanto proyecciones de nosotros, se les otorgan libertades que los humanos rara vez pueden tener. Sin embargo, en los arquetipos que el mainstream nos ofrece, a pesar de cierto empoderamiento, acaban siendo finalmente castigadas. El robot de María, es quemado en la hoguera, igual que una bruja. Harey, en Solaris, es eliminada finalmente tras una primera intentona fallida de lanzarla sola al espacio; más recientemente, la alienígena de Under the Skin también tiene un final que pasa por el sufrimiento y el fuego. Llegando de nuevo a Ex Machina donde esa supuesta libertad de la protagonista, pasa por sufrir una metamorfosis que la humaniza y normativiza como lo que se supone debe ser una mujer. En definitiva: la resolución del conflicto, asegura el status quo.

ENG—

Do not think you’d be safer if we talked about electrons instead of demons

Analyzing much of the past and recent cinematography that they treat or incorporate into their plot stories about intelligent artificial life forms, I have always wondered about the insistence on embodying it or endowing it with human traits.

Also, in most discussions on I.A, I miss the critical point that argues what it really means to live and think with forms of synthetic intelligence that are very different from our own. Thus, sadly, the popular conception of Artificial Intelligence (AI), at least as it is shown in science fiction films, video games, books, etc., still seems to assume characteristics similar to human ones.

Surely, we should abandon this presumption that a true Artificial Intelligence will be empathetic, and care for humanity and that this should be its main mission: to ensure our well-being, to serve us, most likely, rather in its development and existence, it will consider us as something completely irrelevant.

Defining the very existence of the I.A. in relation to his ability to imitate the thinking of humans is like looking at a mirage. It supposes and affirms a legacy of conceit that also leads us to think about how the Anthropocene itself has not been motivated so much by the uncontrolled technology as by the humanistic inheritance that understands the world like a place created for our needs.

Her, by setting a simple and close example in time, embodies the perpetuation of the projection of masculine desire about the immaterial feminine; either this incorporeality is a product of technology or is produced by an unknown and supernatural force, which would in many cases be the same, jumps over or rather takes steps backwards to address the inherent conflict of relating, perceiving, fear, or falling in love with something incorporeal or inhuman. The same, although much more fun and intelligent, happens in Ex Machina.

It is in this thinking of how unthinkable, that many examples of recent science fiction fail: instead of embracing the monster, the indestructible, what can be; the story is directed towards the fulfillment of our desires, something or someone of sublime spirituality, instead of a being of obscene immortality, indefinitely disturbing the limits that make up the human.

For example, the novel, Prey by Michael Crichton tells how during a nanotechnology experiment something fails and there is a cloud leak of microparticles or microrobots. This swarm is mutable and self-reproducible, it always regroups: it is indestructible in its pure plasticity.

Thus, I propose to review fictions that the horror genre proposes and that helps us to think about what we consider a way of life, from perspectives not yet raised by philosophy or resolved by science. In this work, stories of terror and foundational myths help to show paradoxical places in which aporias are thought.

Revenants, vampires, feminine foundational myths, which do not exist but insist, are the protagonists of works connected with an introduction to dark materialism and gender in scientific and technological imaginaries, giving rise to a laboratory populated with forms of life that are resistant to being normalized and are aligned with the unthinkable.

Regarding the subject of immortality or rather the universal yearning to escape death, it is interesting to recall the epic poem of Gilgamesh which, moreover, is the oldest literary work found so far. The myth relates how Gilgamesh was king of Uruk (Mesopotamian city, birthplace of calculus and accounting), and because of the disconformity of his people, the gods faced him with a sort of alter ego or double uncivilized, Endiku. After a strong fight between both, Gilgamesh recognizes the value of his adversary and turns it into his inseparable friend; they then undertake a crusade against all the ills of the world.

Later, the goddess Ishtar (from that name is derived the word stellar, mythological precedent of Lilith, demon, half woman and half being supernatural) declares her love to him and he rejects it, this causes the goddess to request from the gods a celestial bull to vanquish him. Her request includes the following threat:

«I will break the gates of the underworld, I will do … I will raise up the gnawed and living dead, that the dead may overcome the living.»

This sentence remains as a literary precedent of the figure of the feminine as the source of evil, allied with the diabolical and forces beyond life.

The bull is defeated by the two friends and for this, Ishtar curses Gilgamesh demanding an even greater punishment. The assembly of gods says that Enkidu will suffer a disease that will lead him to death. And this is where the hero’s awareness of the decomposition of the body and the perishability of being human begins, initiating his mystical journey towards the search for the secret of immortality. An immortality or eternal youth, which he never reaches.

This foundational myth of Ishtar has been perpetuated in infinite fictional stories, until arriving to this present time. Going through the first goddesses associated with the evils or fears of humanity, vampire mothers, witches, femme fatale, to science fiction (from Metropolis to Ex Machina), where we find the cyborg, also monstrous in its character and nature, but always young and sexy. All of them, finally, based on the Judeo-Christian tradition of tempting Eve.

And it is true that Ex Machina is a movie that raises good questions about .I.A., Consciousness and gender, but at the same time does not renounce to offer the viewer the image of female flesh as an object of seduction. This will make it easier to do the Turing Test! Habitually, and here again it is repeated, once made flesh, these fantasies have the bad habit of not adhering to the program, bringing with them chaos and destruction.

Of course the Metropolis robot is irresistibly seductive, but it also encourages the uprising of a labor movement and threatens to overthrow civilization, and in that sense, and as I said above, it embodies all the old witches, who have been defining the woman: she is again the harlot of Babylon, Eve, Pandora, or Galatea.

It is true that robots and machines, as projections of us, are granted freedoms that humans can rarely have. However, in the archetypes that the mainstream offers us, despite some empowerment, they finally end up being punished. The robot of Mary is burned at the stake, just like a witch. Harey, in Solaris, is finally eliminated after a first failed attempt to throw her alone into space; more recently, the Under the Skin alien also has an ending that goes through suffering and fire. Arriving again to Ex Machina where the supposed freedom of the protagonist, undergoes a metamorphosis that humanizes and normalizes it as what is supposed to be a woman. In short: the resolution of the conflict ensures the status quo.